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TIRO DE GRACIA

Melodrama negro de Alfonso de Lucas


...otra vez ese rumor, seco arrullo de papel. Lo que fue tu pulmón, hoy fuelle viejo, crepita con cadencias de ronroneo gatuno. Toses y la flema asoma en tu boca. Esta mucosidad moteada de rojo arcilla... Jodido tubo con el que te han hurgado... Broncososmia, broncosostia, como se llame... Relájese... Un poco más y ya acabamos. Y una leche. Pasos, puertas que se entreabren, jadeos en el pabellón de neumología. Entran con andares blancos de felino. La luz a la cara, la goma en el brazo. Frío mercurio en la axila. Vuelves a aspirar en vano. Poca cosa. Seco silbo de caña. Mejor el flagelo del humo denso, aterciopelado, de un Montecristo, que ese oxígeno que no parece saciarte. La mascarilla y el hídrico gorgoteo. A la mierda, Esther. Siempre con el no fumes, Luis, que te destruyes. Nada más ridículo que un cadáver sano en la mesa de un forense. Muerto y con los sacos pulmonares podridos, le dices, pero muerto, al menos, por haber vivido, aspirado el humo a dentelladas. Cuándo se hará de día, cuándo, cuándo, cuándo...


- ¿Y bien, doctor?


Luis ha apartado el plato del verdoso puré para, tras calarse la mascarilla de oxígeno, dirigir su pregunta al oncólogo. El doctor Yarza explora, indiferente, las difusas manchas que conforman sus radiografías.


El mismo silencio que con la anterior lectura del informe clínico. Biopsia y placas no parecen inmutar al oncólogo. El médico ha venido a visitar a su paciente, justo cuando se enfrentaba con fastidio al insípido almuerzo del hospital.


- Señor Portolés, de su broncoscopia con biopsia transbronquial se infiere que padece usted una neoplasia pulmonar con una incipiente metástasis de esófago . El protocolo quirúrgico contempla la resección de la mucosa alveolar tumorada. Es una intervención, bueno, ya me entiende...Y, tras el postoperatorio, la quimioterapia y las consabidas radiaciones -salvo, eso sí, algunos efectos secundarios, dada la escasa agresividad del tratamiento -, diríamos que podemos garantizarle una razonable calidad de vida. Por supuesto, una vida de reposo, claro está, con el oxígeno de rigor las veinticuatro horas del día.


- Hay cosas que no comprendo, doctor Yarza... ¿Podría ser más explícito?


- Señor Portolés, le quedan tres meses de vida.


La mascarilla ahoga la expresión que Luis profiere:


-¡Canalla!.


Y, agarrando el plato, arroja los restos de puré a la cara del oncólogo.

* * * *


Déjame que te acompañe, Manuel. No vengas, Sara, le has dicho. Una rodilla artrítica no justifica tu compañía ante Santa Pau, médico eunucoide, gafe tipo, que por un dolor pasajero te envía a que te taladren un hueso. Biopsia, bioleches... Y qué tendrá que ver mi abdomen con la rodilla. Si tengo náuseas y amarilleo será de empinar el codo. Cualquier achaque sirve como pretexto para que te humillen. Pruebas y más pruebas. De la rodilla, al vientre. Por qué no de la rodilla derecha, al ojo, eso, al ojo izquierdo. La cuestión es que esos tipos de bata blanca justifiquen su vanidad predadora. Y si algo más tengo, algo, ya me entiendes... maligno o como quieran llamarlo, le echo lo que hay que echarle al asunto. Lo que no tiene el capón de Santa Pau. Nadie más vuelve a meterme mano en un hospital. Lo dicho.


- Por favor, tome asiento, señor Azcona...


Manuel Azcona se sienta, no sin reprimir un marcado gesto de dolor al doblar su rodilla derecha. Los fluorescentes del techo derraman sobre la asepsia de la consulta su luz lechosa.


Las manos gordezuelas del doctor Santa Pau sostienen el informe que desde el laboratorio del hospital le han remitido. A través de las gruesas lentes de su montura de carey sus ojos leen con detenimiento el contenido de la analítica.


Santa Pau despliega una vez más su talante afable, humano:


- Bueno, créame, señor Azcona, crea que me duele darle esta noticia. Verá, se le ha diagnosticado a usted un histiocitoma fibroso maligno en la articulación de su rodilla.


- Luego... ¿significa eso que tengo un cáncer de huesos?


El “Así es” de Santa Pau resulta acorde con la blandura eclesial de sus manos.


- ¿Quiere decir que, tras pasar por el bisturí, tendré que habituar mi trasero a una silla de ruedas o aspirar, como mucho, a arrastrar mi pierna desarticulada con una eficaz prótesis externa?


Santa Pau asiente con un laico tono de pésame, lo cual no disuade la vehemencia que alumbra las palabras de Manuel Azcona.


- Eso, sin considerar el hecho de que otros tumores secundarios no hayan invadido... por ejemplo... ¿el hígado?


Santa Pau aclara con consternación: -No sólo el hígado, sino también, desgraciadamente, el páncreas.


Se acrecienta la avidez de Manuel.


- Luego... de poco va servir que me operen.... ¿No es cierto?


- El “ a decir verdad...” de Santa Pau, pronunciado con meliflua tristeza, corrobora la aserción de Manuel



La voz de Manuel se eleva, vibrante. Sus palabras surgen sincopadas, encadenándose a una velocidad creciente.



- Y una vez operado de mi rodilla, o lo que es lo mismo, tras superar la carnicería de un traumatólogo, tendré que pasar por el consabido calvario de la quimioterapia y de las posteriores radiaciones.... Es decir, lo que me espera son continuos ingresos en el hospital para, después de haber sido asaetado por decenas de catéteres, quedarme calvo, llagado e impotente, vivir con horribles náuseas tres meses de vida...



Santa Pau, escéptico y afligido, acompaña con gesto afirmativo las lúcidas premoniciones de Manuel.



- Usted lo ha dicho, querido amigo. Por eso yo no le aconsejo que...



Manuel lo interrumpe tajante. Formula su petición casi a gritos.



- Llagado, calvo, impotente... bueno, pues... ¿sabe qué le digo?.... Que me operen, me radien y me den toda la quimioterapia del mundo.



El desconcierto congela la expresión del doctor Santa Pau. .



* * *



Ocres sillares de arenisca confieren a los muros austeridad de convento. Rompen su fría desnudez los leños crepitantes de una gran chimenea. Vigas de pino negral y puertas artesonadas con herrajes definen un espacio donde el lujo ha sabido depurarse de lo superfluo. El vasto salón realza la rojiza, liliácea, densa presencia de un óleo de Rothko. Sobre el entramado de enceradas losas de barro se disponen los muebles indispensables. No turba su funcionalismo Bauhaus una sobria arquimesa renacentista.



Sara, sentada, abate el tablero de la arquimesa y extrae una cuartilla. El atardecer de Otoño proyecta a través de una ventana enrejada un dorado haz de luz. El sol declinante perfila un delicado óvalo de cara con ecos de adolescencia.



La melena corta, cobriza. Ojos almendrados sobre pómulos eslavos. La nariz, levemente aguileña. Esa imagen bañada por la luz de poniente revela, no obstante, los primeros signos de madurez: dureza azul en la mirada y leve rictus en su comisura labial. Luz declinante para una juventud ya declinada.



Las falanges, nudosas, no descomponen la articulada delgadez de esos dedos que sostienen la pluma con la que Sara escribe. Gruesa Mont-Blanc para unos trazos amplios y seguros.



La Trinidad, 18 de Octubre



Querida Esther:



Siento tener que daros tan malas noticias. Manuel ha sido operado de un sarcoma en la rodilla. El problema es que el cáncer había ya invadido el hígado y el páncreas. Ahora, los tratamientos que ha seguido han acabado por dejarlo exhausto...



Sigue leyendo, Esther. A qué vienen esos escrúpulos. Manuel ha rendido siempre vasallaje a los médicos. Allá él si ha decido pasar por donde yo me he negado. No me afecta. Ningún hijo de Hipócrates volverá a ponerme la mano encima. Esta jodida mascarilla no acabará desplazando al puro. Aunque al toser pierda el pulmón por la boca... Sigue leyendo.



La voz de Esther tiene un deje metálico. Frío como la densa obsidiana de sus ojos. Su cara, angulosa, exudó toda calidez años atrás. Leve plata asoma en sus sienes, análogas hebras en una gruesa trenza que fue negra. La mirada, que dirige de la carta a los ojos de Luis, es intensa, pero decantadora de la emoción; sabiamente instintiva. Y de sus labios, que no ocultan unos dientes de personal irregularidad, vuelve a surgir su voz:



...Está muy débil y casi irreconocible. Si anda, lo hace cojeando y con fuertes dolores. En su estado, dicen los médicos que puede quedarle un mes de vida, tal vez dos. Imaginaos su desesperación. Bueno, tendré que ir haciéndome a la idea. Espero que Luis haya podido superar aquel problema respiratorio sin importancia.

Y tú, Esther ¿qué tal estás?



Un fuerte abrazo,

Sara



El silencio tras la lectura. Sólo ese persistente gorgoteo que acompaña el áspero respirar de Luis.



Cadavérica palidez la tuya, llevas postrado un mes en la innoble cama de hospital que mandaste instalar aquí, en tu estudio. “Será mejor que no durmamos juntos, Esther. Las noches en vela prefiero pasarlas solo. Si toso o respiro más fuerte, sé que no te molestaré y, si me da la gana de fumarme un Montecristo, también”.



Mentías. Este estudio es tu caparazón, tu universo, el único, fuera ya del dominio que compartías con Esther, liberado, al fin, en tus noches insomnes, de la tibieza de su cuerpo deseado e inaccesible. No soportabas, jadeante, edematoso, la densa calidez de sus caderas, el delta azabache en su vientre, la firme redondez de sus senos. Ella, pletórica en su madurez, tú, atado al oxígeno, humillado en la peor de las decrepitudes.



La mirada de Luis recorre una y otra vez sus limites: la librería inglesa de oscuro nogal, el escritorio, su sillón Chester, la cómoda isabelina de caoba y, prolongando el espacio entarimado de roble, la superficie de espejos que cierra un amplio armario empotrado. A un lado de la cama, el ventanal, con visillos y un denso cortinaje con pasamanería. Desde sus cristales, puede contemplar el exterior de la villa normanda. Una esbelta araucaria se erige en el prado. A un lado, la ladera sombreada de castaños. Cruzando el bosque, una serpenteante pista desciende hasta la playa en la que se levanta, solitaria, la casona de foránea arquitectura. Del otro, las olas rompiendo en la ensenada de Quiteria con una armoniosa cadencia de marea baja. Desde el cercano acantilado, una ermita y un adusto faro. La estancia, tamizada por un sol otoñal, configura un orden de espesa calidez. Severo escenario para un final ya anunciado.



Esther, bella como un áspid, reptante en sus palabras, rompe el silencio creado:



- Manuel, pobre Manuel..., pero no sé si me da más pena Sara, con todo lo que debe de estar viviendo.



Luis aparta su mascarilla de oxígeno. Saca un puro de su mesilla de noche. Lo enciende, se ahoga y tose con un ronco estertor.



* * *



Abandonas su estudio. Dejas atrás ese nauseabundo maridaje: aroma de puro, jadear de Luis, rumor acuoso del oxígeno que en vano aspira cuando no fuma. Y entras por fin en tu espacio, limpio y claro, de abstracta desnudez Zen. Amparada en la tonalidad trigueña de sus paredes y esteras, consigues desprenderte por momentos de las adherencias que Luis, enfermo terminal, emana.



Piensas, entonces, en Sara. En sus labios carnosos, en su lengua afresada, en su tez marfileña. Revives la avidez de sus dedos deshaciendo tu trenza. El estremecimiento de sus caderas, al abrir a tu boca el oscuro broche de sus ingles. El enlace tentacular de vuestros cuerpos amalgamados en la entrega. Tan lejos de Luis y Manuel, ignorantes ellos de la entente secreta que, años atrás, sus jovencísimas amigas mantenían. Encastillados ellos en la fatua suficiencia de una madurez pletórica de salud y bienes.



Y en este preciso instante, transcurridos ya diez años, cuando Luis y Manuel parecen acometer el último - aunque dilatado e insufrible - tramo de sus vidas, decides que ha llegado el momento de recordarle a Sara aquella lejana mañana. Por eso, te sientas ante la veteada mesa de pino de Oregón y le escribes.



Quiteria, 1 de Noviembre



Sara, querida Sara,



Leer tu carta ha significado recordar con nostalgia aquellos años. Nuestra juventud no parecía albergar la menor suposición de lo que podía acaecerle en un futuro nada lejano a Manuel. Pero tampoco el pobre Luis es el de entonces ¿Los recuerdas a ambos aquella mañana, diez años atrás, en el bosque? Todavía llegan a mí los ecos de sus risas y de aquellos estampidos...



Habíamos dejado atrás la fértil vega del Lamiel para adentrarnos por la estrecha garganta que nos conduciría al santuario en ruinas. Abedules y acebedos sombreaban la pendiente del camino. El restallar de las mimosas en flor salpicaba de intensa calidez los oscuros muros de verdor. El ascenso en vuestros rugientes vehículos culminó cuando llegamos al hayedo que coronaba el cerro y amenazaba con borrar las últimas ruinas del santuario.



Momentos después, vuestros estampidos levantaban el vuelo de dos torcaces. Habíais abierto fuego de revólver contra unos maderos que se erguían a veinte metros. Atravesados en el claro del bosque, los maderos formaban ese obsesivo recuerdo de vuestros padres en el maquis francés: la cruz de Lorena que tanto os gustaba profanar en su recuerdo, para vengaros del desdeñoso comentario de De Gaulle en Toulouse al finalizar la ocupación. El general de la grandeur no había podido disimular su aprensión al ver desfilar junto a las tropas francesas a aquella turba que ostentaba armas y restos de uniformes alemanes: los mismos españoles resistentes -vuestros padres- que habían liberado Foix de las tropas nazis, mientras otros franceses colaboraban por activa o por pasiva con los ocupantes.



A las potentes detonaciones de la pólvora negra les seguía una densa nube de humo. Difuminada, volvía a surgir la cruz. Cada descarga iba mordiéndole sus cantos. Las gruesas astillas, levantadas por los proyectiles de plomo del 45, saltaban a la par que vuestras gozosas exclamaciones. Y, mientras la detestada cruz de De Gaulle menguaba, vuestras risas crecían. En este hayedo, prodigabais una y otra vez el mismo encuentro. Escenario para la celebración de un juego que, convertido en rito, os deleitaba, Luis, Manuel, como a dos niños. El ritual os liberaba allí, en el hayedo de Santovenia, de los bostezos que reprimíais en vuestros consejos de administración.



Arcaicas armas de fuego, tan bellas como decadentes, devolvían el humor a dos amigos de infancia que frisaban entonces los cincuenta años. Los unía esa radiante complicidad masculina en la pasión por el monte -libres de beatitud naturista- y por las armas cortas que la épica de Ford, Hattaway, Ray, Fuller, Huston, Peckimpah, Hawks y tantos, tantos otros había elevado a categoría estética. Pasiones que nosotras, vuestras amigas, veinte años más jóvenes y no inductoras aún del tedio matrimonial que os aguardaba, contemplábamos con mezcla de asombro e indiferencia, indolentemente recostadas al sol, sobre la hierba.



Habíais enfundado vuestros revólveres al cinto. Cinturones y fundas eran de hermoso cuero repujado.



Bajo la copa de un haya, sobre una lasca granítica lamida por el tiempo, otras armas parecían desplegarse en abanico. Eran signos tan emblemáticos como los revólveres Colt 45 Frontier de simple acción, que Luis y Manuel acababan de enfundar. Varios ingenios mecánicos, recios y espigados, se alineaban junto a dos botellas de vino y unos vasos. Los reflejos en el cristal se armonizaban con el pavonado azul de los cañones hexagonales. Gamas cromáticas compartidas por Colt, Remington y Ribera del Duero. Queso de Roncal, chorizo ibérico y una hogaza de pan configuraban, junto al vino y dos navajas de monte, un peculiar bodegón: el épico yantar de dos inocentes guerreros.



Ebrios por el juego, febriles y sonrientes, Luis y Manuel habían acometido su frugal merienda. Sorbos y más sorbos, cortes de chorizo, pan y queso que se llevaban a la boca con sus navajas. Al “¡Buen vino!” de Luis, le seguía un “ ¡Mejor queso!” de Manuel. Y así. ¿Lo recuerdas?



Mientras, nosotras, Esther, tumbadas en la hierba, con la impronta reciente de nuestros besos y caricias prodigados allá, junto al riachuelo, al otro lado del hayedo, observábamos a estos dos niños de cincuenta años representando un papel equidistante entre el maquis de sus padres y los mitos fordianos del western.



Nos empezaba a hartar aquel juego. Tú tampoco entendías su fascinación por las armas. Potencia, grueso calibre, cañones de ocho pulgadas,... simple fetichismo fálico, terror al climaterio, te comenté. La cosa no se acababa ahí, de un momento a otro iban a ponerse sentimentales, observaste. O lo que es peor, dije yo: hipocondriacos. Y así fue. La vitalidad, la actitud distendida, sus sonrisas fueron desdibujándose, cediendo paso a los primeros signos de melancolía.



Fue entonces, cuando Luis aludió a Leonardo. ¡Cuánto se habría divertido con ellos aquella mañana! ¡Jodido cáncer de laringe! ¡Cómo le habían hecho sufrir para, luego, nada! Traqueotomizado, extirpadas sus cuerdas vocales, había muerto ahogándose, consumido, sin haberse nunca dignado a hablar con eruptos a través de aquella indigna cánula...

A su vez, Manuel citó a Martín. Trepanado tras su derrame cerebral, mantenido en coma durante seis meses, habría seguido ocupando la siniestra U.V.I., conectado a un respirador, entubado y sondado, de no haber sido por aquella feliz infección.



Acabaron dando la razón a su amigo común, Albert. Luis reprodujo una de sus conocidas sentencias: El único médico inofensivo, esto es, el mejor....el forense. Manuel superó, de modo un tanto afectado y retórico, la ironía de Luis. Al menos, el forense no atrapaba a sus pacientes en el sadismo de la escenografía clínica. Pero Luis iba más lejos. Cómo evitar el terror clínico, antes de que el forense te reconociera en su inofensiva mesa... Como no fuese con una dulce muerte en brazos de Morfeo... La otra opción... cualquiera daba el paso. ¡Cobardes! La simple alusión al frasco de somníferos, al fondo de un río, la soga, el salto al vacío, el corte en las venas..., les aterrorizaba. ¡Ni soñarlo!



En aquel instante a Manuel pareció, por momentos, iluminársele la cara al emitir su juicio. ¡Qué digno final, cuando un amigo acortaba tu agonía de un disparo...! Hasta los caballos, cuando se quebraban una pata, merecían este favor. Y, acto seguido, procedió a ejemplificar su salida de tono. Su boca se llenó de emotivas secuencias en los que distintos vaqueros del celuloide sacrificaban emocionados a sus caballos con la pata quebrada. ¡Razón de más con un amigo! Luis, inmerso en la misma espiral de lúdica fatuidad, recogió el envite y fue más lejos. Si Manuel, se comprometía en un momento dado a darle el tiro de gracia, él asumía el mismo compromiso. Y Manuel aceptó, sellando el trato con un “¡Hecho!”. ¿A qué jugaban? Pero, creyendo haber ido demasiado lejos, quiso conjurar la muerte que tan a la ligera habían mentado. Todavía les quedaba una larga jornada. Y cuando ya no pudieran....



Luis hizo suya la reticencia de Manuel. Cuando ya no pudieran.... Uno de los dos, el que todavía se mantuviese en pie, tenía el deber de darle el tiro de gracia, por sorpresa, en la noche, al amigo sufriente. Dicho esto, Luis desenfundó, en el acto, su revólver y apuntó a la cabeza de Manuel. Al segundo, Manuel empuñaba también su revólver y encañonaba a Luis. Tras un instante de inesperada tensión que se nos hizo eterno, ambos bajaron sus armas, estallaron en carcajadas y brindaron con sendos vasos de vino: ¡Por el tiro de gracia!



Se divertían como niños, te comenté. Y tú fuiste lúcida, Esther, premonitoria. Aunque nuestra condición venidera de esposas nos deparase una situación que nunca habíamos podido soñar, su vejez iba a resultarnos insufrible. Cuánto más, estando enfermos... Como ahora Luis. Y como Manuel, el espectro atento a la lectura de tu carta, demacrado, reducido en su silla de ruedas, calvo por los efectos de la quimioterapia.





* * *



No, no pasa nada, Manuel. Sólo que por un momento, me han venido muchos recuerdos a la mente, sólo eso. Sigo leyendo:



...Ahora, Luis, que imaginaba padecer un simple enfisema, se halla desahuciado por un cáncer de pulmón. No sólo se ha negado a seguir tratamiento alguno, sino que se empecina en seguir fumando sus puros a pesar de que dependa noche y día de su mascarilla de oxígeno. Y es tal su resistencia, que temo que pueda seguir viviendo en su estado mucho más tiempo de lo que el oncólogo le pronosticó. No entiendo su anclaje en la vida, dado el sufrimiento que ésta le depara.

Es una lástima que vivamos en esta recóndita playa a doscientos kilómetros de distancia. Vaya ocurrencia la de Luis y Manuel de abandonar la ciudad, una vez liquidadas sus responsabilidades en el grupo financiero. Su obstinación en permanecer recluidos en retiros tan distantes ha hecho que apenas nos viéramos en los últimos años. ¿Para cuándo la próxima vez?



Un beso,

Esther





Permaneces en silencio tras la lectura de la carta. Sara te ha dejado por fin solo en tu silla de ruedas, no sin antes compararte con Luis. Tú, al menos, puedes aún andar ayudándote de morfina. ¡Andar, andar...! Arrastrarte con muletas unos cuantos pasos, hacer crujir los jodidos hierros que fijan tu rodilla desarticulada, reprimir el dolor y las náuseas... Eso debiera consolarte, Manuel, te ha dicho.



Pero su frío desdén ha servido también para poner en evidencia algo que guardas obsesivamente en tu recuerdo, algo a lo que os comprometisteis diez años atrás, en el bosque. Luis está postrado, muriéndose, recluido en esa villa encajada en un siniestro paraje de acantilados y castañares, mientras tú... para algo han tenido que servir la quimioterapia y las radiaciones. Claro que estás flaco, pero es sólo transitorio, dicen. Y aunque calvo, volverá a crecerte el pelo. También tienes mal color. Lógico, si tienes en cuenta la medicación que te está salvando la vida. Porque tú, de ésta, sales. Cojo, pero sales. Ya lo creo que sales. En cambio, Luis puede permanecer así, ahogándose, tiempo y tiempo.



Y tú, eso, no debes permitirlo.



* * *



¿Cómo que le has escrito a Sara? No le habrás comentado nada de mi estado...



Efectivamente, Esther se lo ha contado todo, absolutamente todo. Y ha intentado convencerme de que Manuel, mi mejor amigo -yo ya no tengo amigos- tenía derecho a conocer mi situación y a verme antes de que su cáncer acabara con él. Porque lo que es a mí, a mí esa mierda de tumor no me hace vestir el pijama de madera. En cambio, Manuel, el muy imbécil, teniendo como tiene los días contados por culpa de los médicos, puede encima ponerse sentimental y perder todo sentido del humor. Tanto, como para creerse a pies juntillas el pacto que, en nuestro juego, acordamos años atrás en el hayedo. Yo todavía pienso agotar algunas cajas de Montecristo.



No quiero que me vea así, le he dicho a Esther entre toses y ahogos. Ha intentado tranquilizarme. No. Si yo no quiero, no le va a proponer que acuda antes de que sea demasiado tarde... Además ¿cómo va a venir hasta aquí? Manuel está seriamente impedido como para hacer un viaje de doscientos kilómetros.



Encerrado, atado como estoy al oxígeno, no he tenido más remedio que dar crédito a sus palabras. Y no sólo eso, sino confiar en ella al darle una orden. Debía cambiar urgententemente la cerradura de la villa por otra de máxima seguridad. Enfermo, prácticamente inmovilizado, no estoy seguro en esta casa por las noches. Mi razón, espero, la ha convencido.



Porque lo que no sabe Esther es que Manuel tiene las llaves de la casa.



Sí, Esther, eso es lo que acordamos, tiempo después, tras brindar por nuestro tiro de gracia. Este retiro, que Manuel y yo decidimos liquidando nuestras responsabilidades financieras, este dorado destierro al que os hemos arrastrado –ignorantes vosotras del porqué- no iba a privarnos del último compromiso, si quedábamos presos en nuestras casas de una invalidez terminal.



Pero yo estoy vivo y bien vivo. Nadie va a impedir que siga viviendo. Y mucho menos un muerto vivente como Manuel.



Por eso, extiendes tu mano y abres el segundo cajón de la cómoda isabelina que tienes a la derecha de tu cama. Tu revólver y la munición siguen estando ahí.



* * *



Acaba de levantarse un fuerte viento de Poniente y, con él, las primeras lluvias. Atrás quedan los últimos atardeceres luminosos de Otoño. El agua azota los muros y cristales de la abadía.



Desamortizada por Mendizabal, más tarde propiedad de los herederos de un rico indiano, compraste La Trinidad para recluirte en ella con Sara tras ser consciente de lo que pasaba. Y aquí, donde has enfermado y convaleces de tu enfermedad, decides, en este atardecer lluvioso, ser fiel a la palabra que diste en el hayedo de Santovenia.



Atraviesas con tu silla de ruedas la sala capitular convertida en biblioteca. Fijas la articulación de la rodilla y te incorporas. Dar los primeros pasos te supone un doloroso esfuerzo. Arrastras la pierna comprimida por la prótesis con ayuda de una muleta. Dejas atrás el antiguo refectorio, ahora salón, y entras en una de las celdas. Sacas de tu caja fuerte un sobre en el que, años atrás, escribiste “LUIS”. Percibes, al tacto, el relieve de una llaves. Introduces el sobre en un bolsillo de tu gabardina. Abres la alacena, tu armero. En uno de los estantes se exhiben varios revólveres. Escoges uno, tu Colt Frontier de simple acción. Abates el tambor para introducir los seis cartuchos del 45 en sus respectivas recámaras.Vuelves a encajarlo de un golpe seco y, dándole un leve impulso con la palma de tu mano izquierda, constatas su sonoro engranaje en la fluidez del giro. Tus movimientos son firmes y precisos, casi mecánicos porque los has ejecutado centenares de veces.



Pero, al enfundar tu revólver y ceñírtelo al cinto, sientes la presión de una arcada. Sabes que esta vez tu blanco no va ser una cruz de Lorena.



De nuevo en el salón. Te llega el vértigo de las Variaciones Goldberg, que Sara debe de estar escuchando en la capilla con el mismo deleite que le depara ese estragante lienzo de Rothko. No te oye. Puedes, por lo tanto, llamar por teléfono a tu agencia de coches. Les solicitas que dejen frente a la abadía de La Trinidad un monovolumen. Aclaras que debe ser amplio y de cambio automático.



Media hora más tarde, caída la noche, te hallas en un Mercedes rumbo a Quiteria. Nunca sabrás que Sara acaba de llamar a Esther para comunicarle que te diriges hacia allí.





* * *



La niebla se ha apoderado de Quiteria. Sordo bramido del faro. Jirones de algodón se adhieren a un mar en calma . Playa y bosque se han disuelto en el letargo. Los haces del faro reverberan en la densa niebla, haciéndola más blanca e insondable. Tras la esbelta copa de la araucaria, la luz lechosa de un farol define un marco: el ventanal del estudio de Luis. Un mecanismo de grúa, en ascendente travelling llevaría la visión hasta su interior.



Luis, reclinado en su cama, fuma . Extiende la vista, una y otra vez, a través de los visillos y explora en picado la pradera, frente al pórtico, donde se levanta la araucaria. El resplandor de los visillos divide su cara en dos mitades. Alarga el brazo hasta el segundo cajón de la cómoda.



Lo abres y extraes tu revólver. El mismo Colt Frontier del 45 con el que en Santovenia hiciste astillas el símbolo gaullista que tanto detestaba tu padre. Procedes a cargarlo. Leve temblor en tus manos. Los gruesos proyectiles de plomo parecen resistirse a entrar en sus recámaras. Reintroduces el arma en el cajón. Una intensa calada del habano que fijan tus dientes te hace presa de la tos. El aura azulada del humo vela tus fuertes y dolorosas sacudidas. De lo alto del acantilado te llega el grave reclamo del faro traspasando la ciega blancura de la noche.



* * *



El espacioso vehículo con el que partiste de La Trinidad deja atrás el páramo. Te adentras en el túnel que barrena la agreste sierra. A su término, una espesa niebla releva al aguacero que azotaba el páramo.



Flaco servicio le hacen a tu pierna lluvia y niebla. Un sordo dolor parece haber cuajado en tu inhábil rodilla, más acorchada ahora que nunca. Por ello agradeces la espaciosa cabina y el cambio automático que facilitan la tarea de tu pierna libre de hierros.



Deduces, por las señales de la carretera, que estás atravesando el rosario de poblaciones mineras ensartadas por el valle de Lagral. La niebla en la noche te fuerza a orientarte en una orografía invisible. Imaginas los últimos meandros que anuncian la ría. Cruzas el puente y vuelves a adentrarte en bosques cubiertos de brumoso sudario. Aminoras la marcha. Sabes que un próximo camino forestal te llevará por la empinada ladera hacia la playa. Así es. Un pequeño cartel de madera en el que lees “QUITERIA” corrobora tu intuición. Estás llegando a tu destino. En el descenso por el bosque de castaños crees percibir el resplandor de un faro que la niebla embota. Hasta ti llega también su hondo mugido. Atrás queda el castañar. Enfrente, un prado ribereño en el que se destaca la figura irreal de una araucaria iluminada al trasluz. El halo del farol se diluye entre cornisas, vigas y tejados de arquitectura normanda: el retiro de Luis. Tu amigo, que postrado, sufre.



Tu amigo, postrado, sufre al no poder tragarse el humo de su Montecristo, herejía de fumador de puros que antes de conectarse al oxígeno cometía. Y en el espeso silencio de una madrugada encostrada de niebla, sólo alterada por la potente voz del faro, acaba de oír el sonido de un motor que enmudece.



Su medio rostro, iluminado por el resplandor de los visillos, acusa un súbito estado de alerta. Dirige su mirada al prado y distingue un vehículo del que alguien parece surgir. Una gabardina, velada de niebla, cojitranca, se articula en andares de muleta. Un amplio sombrero de fieltro corona la espectral silueta. Se desplaza penosamente hacia el pórtico de la villa.



Presa de agitación, arrojas tu puro, te calas la mascarilla y extiendes el brazo para abrir el cajón de tu cómoda. Extraes el revólver y lo depositas blandamente sobre tu cama de ruedas. Aspirando el oxígeno que no parece llegarte, tiras del grueso cordón de pasamanería que cuelga de la cortina del ventanal. Tejes con torpeza -pero lo tejes- un nudo corredizo. En vano intentas proyectar el lazo al grifo del radiador que se halla a tu izquierda, al otro lado de los visillos en luz. Al tercer intento lo consigues. Tensas el lazo. Con un esfuerzo que te resulta ímprobo consigues que la cama, gracias a sus ruedas, se deslice unos dos metros. Queda el ventanal a tu espalda.

Los pasos renqueantes, acompasados del metálico chasquido de la prótesis, conducen a la arguellada figura hasta el pórtico sobre el que extiende sus brazos la araucaria. Antes, sus ojos han creído distinguir el ventanal barrido por la luz del faro. Una vez en el pórtico, saca del bolsillo izquierdo de la gabardina el sobre con las llaves. No van a ser necesarias. La grave y prolongada señal acústica del faro parece enfatizar lo que su vista descubre con asombro: la puerta de la villa no está cerrada, sino levemente entornada.



El haz luminoso del faro invade por un instante el pórtico y acentúa la honda perspectiva del vestíbulo. Al extremo, el arranque de unas amplias escaleras de madera. La coja figura tocada de gabardina y sombrero desprende sobre el entarimado de roble otra estela sonora.



Estela sorda, hueca, pero no lo suficientemente amortiguada, para que Esther oiga, impasible, desde su cama, el contrapunto de muleta y herrado pie en los peldaños crujientes de la escalera. También Luis. Los pasos ascendentes, cada vez más próximos, le fuerzan a un último sacrificio. Se incorpora conectado al oxígeno.



Empuñando su mano derecha el 45, tiene ante sí, creyendo proteger su vientre, la cama con ruedas convertida en blanca, inútil barbacana. Luis, en pijama, a contraluz delante del inmediato ventanal, amartilla tembloroso su revólver. Quien haya de entrar no verá a su costado derecho, y menos en esa penumbra sólo rota por la luz intermitente del faro, el espacio que la hoja de la puerta oculta al girar sobre sus goznes.



Las mandíbulas de un perro de presa parecen haber contraído el estómago de Manuel. El reflujo biliar amarga su boca. Calva y frente, tocadas por el amplio sombrero, se perlan de frío sudor. La sacudida de un calambre atenaza su pierna lisiada. Pero ha conseguido llevar sus desacompasados pasos hasta la puerta del estudio de Luis, que siente -como Esther desde el dormitorio contiguo- más próxima e insufrible la presencia de Manuel



Gira con suavidad el pomo de la puerta. La abre y, al traspasar el umbral, la luz del faro, que por segundos barre la habitación desde el acantilado, muestra a Luis, de pie, detrás de su cama, a contraluz. del ventanal. Su imagen parece surgir de un fondo acuoso. Escenografía de barracón de feria representando la aparición de un ser del éter. Ilusionista encuadre que extravaga. Pura imagen especular.



El aparecido pierde entidad. Ahora, el resplandor de la lámpara del pórtico apenas permite vislumbrar la figura en blanco pijama. Pero el haz del faro vuelve a aportar densidad a esa presencia. Presencia irreal, diríase, de Luis. Amartillas el arma, levantas el brazo y la enfilas hacia el espectro que -no entiendes por qué- levanta el brazo en ademán de apuntarte. Otra vez desaparece el chorro de claridad procedente del acantilado. Debes esperar a que el faro te devuelva la imagen irreconocible de Luis para, entonces, abrir fuego. Y así lo haces una, dos y tres veces. Tres estampidos, acompañados de una nube de pólvora negra. Ahora -piensas- el siguiente haz del faro te mostrará al espectro abatido sobre la cama.



No. Frente a ti, en su lugar, no hay más que el interior de un armario. Trajes, perchas, cajones y el suelo reverberando en puzzle de espejos. Los que configuraban ese espacio virtual contra el que has disparado, el espejo que repetía la imagen de quien estratégicamente se había situado en tu flanco posterior derecho, Luis, encañonándote con su revólver.



De ahí te llega, entonces, su voz opaca: “¡Imbécil, tú tienes la pata quebrada, y no yo!”.



Te das la vuelta y recibes con la detonación una coz ardiente que te arranca la muleta del hombro. Respondes al fuego, esta vez contra la imagen real de Luis pegado a la ventana. Azaroso, instintivo, no es ya un tiro de gracia. No es ni tan siquiera un buen tiro.



Y dando dos últimas, desesperadas, cómicas zancadas, avanzas hacia Luis para dispararle a bocajarro. En vano. Otra detonación te hace saltar tu sombrero de fieltro. Orificio de bala del 45 en el frontal, arranque de tu brillante calva. Salida posterior del occipuccio, cráneo transformado en roja sandía. Cuerpo, inerte, desplomándose sobre la cama.



Tu peso proyecta el lecho rodante contra Luis, que recibe el seco impacto a la altura de sus caderas. El asombro se dibuja en su cara cuando pierde el equilibrio y se sabe golpeando con su espalda la superficie acristalada del ventanal. Una lluvia de cristales acompaña la figura en pijama, blando fardo, que se estrella al pie de la araucaria.



Esther, atenta, ha seguido desde su dormitorio la amplia, variada, sincopada secuencia sonora, hasta que sólo vuelve a oírse la honda voz del faro traspasando la niebla.



Arriba, el espectro tocado de gabardina parece reposar su tronco sobre la cama. Una pierna, en rígida tensión sobre el suelo; la otra, doblada. Harapos y arneses esparcidos tras la batalla: revólveres, sombrero, muleta, espejos y cristales, aderezados cromáticamente por difusa pulpa craneal.



Abajo, descalza, la figura en pijama bajo los brazos de la araucaria que la niebla mancha. Su cuello, desnucado, propicia en la cabeza un curioso giro de ciento ochenta grados.



Esther contempla el escenario, Campo de Marte barrido por la luz y el potente mugido del faro. Sus ojos, de negra severidad, evidencian menos aprensión que disgusto por el destrozo.

Ante ti, el teléfono. Levantas el auricular y marcas un número. Es a Sara a quien llamas. Ya está. Lo sientes. Luis y Manuel han cumplido su compromiso. Y ahora -por fin- hasta muy pronto.



Cambias de tono, porque llamas a otro destino. Engorroso, pero necesario trámite para que baje el telón anunciando el fin de la farsa que se gestó en Santovenia. Guardia Civil, es urgente,... Quiteria. sí,... en mi casa,... una tragedia... Mi marido...



Vas y lloras, convincente.

* * *

Atrás queda ese obsesivo y laberíntico peregrinaje. Sociedad y estado no son indiferentes a la reciprocidad homicida de dos financieros, unidos por la amistad desde la infancia. Estupor en la Policía Judicial. Tediosas declaraciones ante el Juez de Instrucción. Autopsias. Ecos de prensa. Cámaras y más cámaras.



Y el consabido ritual funerario. Dos viudas singulares recogiendo, solitarias, las cenizas de sus maridos, víctimas y homicidas a la par.



El fatal desenlace duelístico de dos enfermos terminales, dos hipocondríacos dementes, dos presuntos delincuentes muertos, no ha generado más que diligencias prontamente archivadas por el Juez, al no tener contra quién dirigir la acusación..



Ya sólo os resta conocer cuáles han sido las últimas voluntades de vuestros maridos. Por eso habéis sido citadas en una notaría. Allí vais.



Sí, sí, entiendo que les parezca tediosa la lectura de ambos documentos, dada la profusión de bienes aquí enumerados... Eso, sin mencionar el importante volumen de acciones que en el grupo LANDER poseían sus difuntos maridos en su calidad de consejeros... Para abreviar, señoras... en efecto, ambos testamentos las convierten a ustedes en sus herederas universales. No obstante..., las últimas voluntades vienen completadas con el contenido de estos sobres, que sus maridos me entregaron dos años después de haber testado. Procedamos, pues, a la lectura de los testamentos cerrados... Les leo textualmente...



No habéis dado crédito a lo que ha leído ese oscuro notario de provincias que no dejaba de mirar vuestros escotes.



No.



Esos mal nacidos nos recluyeron en sus siniestros retiros. Nos condenaron, en su decadencia, a relegar nuestros deseos. Los creíamos ignorantes de la relación secreta de sus jóvenes amigas. Íbamos a ser esposas ricas para perseverar en nuestra condición de amantes. ¿Entiendes, ahora, por qué nos separaron, Sara? Porque lo sabían. Y también sabían que nunca los abandonaríamos: nos habían comprado con un lujo que no osaríamos trocar por nuestras caricias... Si no, a qué viene esa última disposición en sus testamentos...



La aceptación de la herencia conllevará la imposibilidad de poner a la venta las acciones de LANDER SA. Asimismo, la condición de herederas universales vendrá también condicionada a la ineludible distancia física de nuestras esposas en los términos que dicha sociedad estime oportunos. LANDER SA podrá disponer de los medios necesarios para velar por la inexistencia de contacto alguno entre ambas. Si alguna relación se estableciera, la titularidad del patrimonio heredado pasaría a ser de LANDER SA .”



Un tiro de gracia con rebote. ¡Cabrones!



F I N