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Leonardo Buñuel, la distancia en la mirada


Tras el encuadre, sea en la fotografía o el cine, el punto de vista. La mirada que insemina el particu­lar universo del plano.

Los encuadres fotográficos realizados tras el largo periplo cubano de Leonardo Buñuel (Calanda 1854 - Zaragoza 1923) dan luz a un singular universo. En sus transparencias, la diversidad temática con­fluye con una sorprendente alternancia de fuentes y registros.

Pero, por encima de ello, sus fotografías adquieren especial relevancia al ge­nerarse la mirada que dos décadas después fecunda­ría la obra de dos de sus hijos: las películas de Luis Buñuel (Calanda 1900 - México 1983) y los "collages" de Alfonso Buñuel (Zaragoza 1915 -1961).

¿Fue don Leonardo el autor "físico" de las fotografías que justifican estas palabras, quien activara el disparador de su cámara?

No necesariamente, a juzgar por su presencia en algunas de las mismas, solo o acom­pañado de su esposa, fami­liares y amigos.

Aunque, dada la pluralidad de espacios y situacio­nes que los encuadres acotan enhebrados por una misma mirada, induce a pensar lo contrario. O, cuando menos, que don Leonardo sí determinara el punto de vista, el ángulo, la composición del encua­dre, en suma, cómo debían cristalizar -nunca mejor dicho- aquellos instantes que un siglo después per­viven en sus transparencias.

Leonardo Buñuel regresa de La Habana a la pe­nínsula en 1898, meses antes de que se produzca el llamado Desastre, la derrota de España frente a los Estados Unidos de América que desencadena el fin del exhausto imperio en Ultramar.

Ha transcurrido más de un cuarto de siglo desde que Leonardo partiera voluntario con diecisiete años a Cuba, colonia que vivía entonces su primera guerra de independencia.

Es un indiano de fortu­na. Sobre sus espaldas pesa una azarosa vida en el trópico. Bajo las sacudidas de la guerra colonial, su presencia en el ejército ha discurrido paralelamente al afianzamiento de su negocio de efectos navales.

Ya en Calanda, desposa con cuarenta y cuatro años a la joven María Portolés.

Aquellos instantes, propios de su condición de hombre de mundo, esposo y padre de familia, son los que perviven en las instantáneas que hoy, un si­glo después, atraen nuestra atención. Estas transpa­rencias de cristal, junto con el visor estereoscópico de rigor, los guardaba su hijo Luis en su casa de la Cerrada de Félix Cuevas, México.

El grueso de ellas captan un entorno en el que se al­ternan las escenas familiares con la vida social más dispar. Constituyen el reflejo complaciente de todos aquellos signos que indican la próspera situación de don Leonardo en su nuevo ciclo vital.


Un encuadre muestra el lujoso salón modernista de la casa que el arquitecto Ricardo Magdalena pro­yecta para él en la Plaza Mayor de Calanda.

La cámara sigue sus paseos en barca por el Canal Imperial de Zaragoza, acompañado don Leonardo de un joven sacerdote con manteo y teja. O el paso de su negra calesa con el caballo al trote.


La cámara capta a una sonriente María Portolés. La única mujer que cruza la Plaza Mayor sorteando, abanico en ristre, un espeso cerco de miradas mas­culinas. A la derecha y entre el concurrido grupo de varones, don Leonardo.

Es fotografiada "Villa María" en construcción, fron­dosa quinta en la vega del Guadalope levantada en su honor. Esposa a quien vemos acompañada de otras señoras y niños jugando a los aros; o en otra escena campestre en la que no falta el ama con niño en brazos, signo familiar del orden burgués. Marco gozoso, donde el desenfado no resta atildamiento a sus personajes.

Los espacios urbanos son igualmente objeto de atención. En Zaragoza, las recoletas Plazas de Es­paña y de Aragón. En Barcelona, las villas palacie­gas de La Bonanova, el funicular del recientemente inaugurado Parque de Atracciones del Tibidabo y el muelle atestado de veleros.

Será en las aguas de esta ciudad donde la cáma­ra recoja en julio de 1905 un testimonio único de extraordinaria calidad fotográfica. Fondeados en la bocana, tres imponentes acorazados de la escuadra británica del Mediterráneo.

Pero este ciclo de fotografías no parece cerrarse dentro de los cánones al uso, porque otra mira­da rige en los encuadres.

Son escenas de escasa consonancia con los hábitos inherentes a su mundo burgués.

La cámara deja de lado los salones y la sofisticada bahía donostiarra de sus veraneos. Por el contra­rio, son meriendas campestres. Don Leonardo con sombrero de jipijapa, ellos, con boina y alpargatas. Meriendas de navaja, tartera y bota. Y el encuentro, entre amigos o familiares, se produce con las for­mas de la hermandad campesina. A la vera del río o en el monte. El reverso de todo aquello que pueda ser bucólico o bello.

Se levanta acta de la sociedad rural en Calanda. Es diseccionada como hiciera la mirada de un buen naturalista: el campo, las calles, sus vecinos, los al­fares del barrio de "Las Cantarerías", los esquilado­res de ovejas, las mujeres en el lavadero bajo "Los Arcos"...

Remedo del "cinematógrafo", ese nuevo arte del siglo XX, tres planos fotográficos se suceden temá­ticamente en el tiempo. Los encuadres de expresión goyesca configuran el embrión narrativo de una secuencia. Dos labradores descalzos se increpan. Tras retarse navaja en mano, uno de ellos yace muerto en el suelo mientras a su contrincante le invade el remordimiento.

La venganza, el odio cainita que marca a tantos pueblos de la España rural.

Es fotografiado junto a su joven esposa en situacio­nes y lugares insólitos. ¿Le atraería a otro matrimonio burgués posar bajo el solazo en el árido barranco de "La Clocha", marco de alacranes y lagartos? La pareja aparece en un lateral del encuadre. Se desequilibra la composición para así convertir el cauce seco, polvo­riento y pedregoso en centro mismo del plano.

Don Leonardo aparece arreando una escuálida burra. La monta María Portolés. Su figura hierática transmite en el porte y la mirada una serena complicidad, sólo una poderosa ironía explica esta parodia bíblica de "la huida a Egipto": San José y la Virgen María...

En un cañaveral del Guadalope vemos tres niños junto a una doncella, ¿sus hijos, tal vez? Entrevera­das, las figuras se adivinan entre las cañas. Forman parte de una misma trama, la que integran figuras humanas y tejido vegetal. Dilución intencionada de unos y otros.

Otro plano en intenso picado descubre a María Portolés junto a otra dama, con sendos abanicos y elegantemente vestidas. Pero no se hallan en un parque o en un jardín, en justa proporción a sus atuendos y tocados, sino entre las altas matas y cañas de una frondosa, aunque común huerta. Dos cabezas las observan: las de un caballero to­cado de "canotier" con ademanes de sátiro "voyeur" y un pequeño infante. Carecen de tronco, brazos y piernas.

Un primer plano muestra al pajarillo en su nido. Las hojas de una alcachofera constituyen una in­mensa fronda envolvente. La magnificación de los elementos altera la realidad. Transformándola, se revela otro universo, imposible y real a la vez.

Pero lo más insólito, lo que claramente constituye una ruptura con toda figuración realista y va más allá de la expresión deformante, es el plano de la cabeza, ese rostro de expresión jocosa o cretina que enmarcan los pámpanos de una vid. El encuentro imposible de elementos dispares, fortuitos. Una composición en donde anidan la incongruencia de­liberada, la ruptura lógica. Las mismas que otros, una década después y desde la percepción van­guardista de sus fotomontajes y "collages", dirán que abren el ignoto mundo que se extiende bajo la razón y va más allá de lo real.

Situar estas fotografías en el contexto de las Van­guardias no es posible. No sólo son claramente pre­vias a la cronología de las mismas, sino que el origen, la educación y el pasado de quien pudo inducirlas -indiano forjado desde la adolescencia en un trópico en armas- lo alejan de toda tesitura artística y eu­ropea.

La fuente creadora es de sesgo plenamente intuitivo.

Su autor, acaso Leonardo Buñuel, comparte la tra­dición rural de sus paisanos calandinos. En ella se imbrican tanto el gusto por la realidad desnuda como la irracionalidad de fuentes mistéricas. El humor procaz y el mundo de ultratumba. Pensa­miento mágico y catolicismo popular.

Y cabe que su larga estancia en Cuba, economía febril en las antípodas de una Calanda estamental, espacio socialmente convulso, isla de hondos con­trastes donde convive la sofisticación cosmopolita con el fermento africano, haya acabado ahormando este juego en el punto de vista de los encuadres. Una mirada que tanto se aproxima intensamente al objeto como lo deshumaniza en la distancia.

La distancia en la mirada, el extrañamiento de la realidad que se aprecia en estas fotografías de Leo­nardo Buñuel se transmitirá, consciente o incons­cientemente, a dos de sus hijos: Luis, cuya impronta surrealista en el cine es harto conocida, y Alfonso, futuro discípulo de Max Ernst, así como precursor del "collage" en la España de preguerra.

Dos décadas después, ambos proyectarán ese mis­mo distanciamiento haciéndolo germinar en una nueva dimensión plástica. El estallido de un revul­sivo estético que condicionará la andadura del siglo.
                                                               

Alfonso de Lucas Buñuel

"Leonardo Buñuel, La distancía en la mirada", Fotografías estereocópicas de                     Leonardo Buñuel. Colección de fotografías realizadas en Calanda, Zaragoza y                       Barcelona. Hacia 1900, p.8.


            Edita: Centro Buñuel de Calanda

Febrero de 2010