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La cuadrilla: su adalid.

Adalid. Del árabe ad-dalil, el guía.




No bastan las palabras. Sólo al percusionista de la Semana Santa en Calanda le viene dada la plenitud de una rara, indescriptible emoción. Contadas veces en la vida revive ese instante único, casi mágico, que precede a la culminación del ritual: las dos de la tarde del Sábado de Gloria.


Momentos antes...


Atrás queda el severo orden procesional. Rotas las filas de sayones morados, finalizada la secuencia escénica de los pasos, sus actores vuelven al orden inicial en el que rompieron la hora el Viernes Santo. Libres de todo hieratismo, se aglomeran en círculos concéntricos, laminándose en la Plaza como hojas de un anárquico bulbo en expansión.


Esta vez, el batir rítmico de bombos y tambores dimana de otra fuente. El peso de la Historia, el Mito y las Instituciones ha sido desplazado por una corriente atávica, fuertemente carnal, que en espiral cohesiona la expansión sonora de estos anillos humanos.


Su fuerza envolvente, las diferentes cuadrillas. Su núcleo, el guía, el adalid que las imanta.


Pero pocas, muy pocas cuadrillas sobreviven en Calanda. Menos aun los adalides que las alienten.


La naturaleza de la cuadrilla se enraíza en el viejo clan patriarcal. Su razón es ajena al entramado que en las últimas décadas sostiene la actual escenografía religiosa. Es más, el nuevo régimen de cofradías ha ido abduciendo su vitalidad espontánea y hace que la exhibición virtuosa de las bandas de cofrades orille este otro universo, más pequeño, más modesto, libre de cualquier atadura con el espectáculo mediático. Su austeridad en nada cuadra con la religiosidad teatral del presente. Y nunca tuvo otro fin que el humilde, íntimo y desinteresado encuentro de familiares y amigos en el arte del tambor y el bombo.


Un arte que se inscribe en el marco religioso, cierto, pero que acaba trascendiéndolo para elevar a sus iniciados por medio de la continuidad rítmica a un peculiar estado de arrobamiento. Una vía profana por la que transitan - del Viernes al Sábado Santo y fuera de las procesiones - algunos de los ejecutantes en sus cuadrillas, llegando con frecuencia a superar los límites de la fatiga en instantes de sensual plenitud. Discreta catarsis, en absoluto ajena a la experimentada en otras culturas por grupos de iniciados en la consecución del clímax a través del ritmo.


Pero esta andadura climática sólo es posible en una cuadrilla con la presencia de su guía, el adalid. Él es el catalizador del fluir rítmico y vital de sus compañeros a lo largo de una jornada grávida de momentos que la emoción y el goce dilatan. A él se deben los cambios y arranques de toque, los turnos en el redoble, el énfasis rítmico..., signos donde no cabe la menor presunción.


Año tras año, los integrantes de las cuadrillas acuden a “la” cita del mediodía del Viernes Santo. Llevan aguardando “este” preciso momento con una indefinible mezcla de emoción y desasosiego. Muchos de ellos no se han visto en el curso del año. Al reencontrarse, se sonríen y estrechan sus manos con rara naturalidad. Así vienen haciéndolo siempre, a la misma hora de este singular viernes. Algunos, desde muy jóvenes, casi desde su más temprana niñez.


Tienden a ocupar el mismo espacio en la Plaza, donde habrá de culminarse el ritual veintiséis horas más tarde. Un reencuentro que, Semana tras Semana Santa, el adalid aglutinará ocupando el centro del círculo. Un reencuentro condicionado por los azarosos caminos de la existencia, cuando no de la propia muerte. Y; junto a él, estarán los percusionistas con los que mantiene una mayor complicidad, tanto en el redoble, como en el profundo latir del compás con los bombos, sostén rítmico de la cuadrilla.


Pero las razones jerárquicas que rigen su configuración espacial conviven con otro fin: perpetuarse. De ahí, que los más jóvenes, niños o niñas, puedan también compartir con su adalid el mismo centro. Son los depositarios del legado vital que su maestro transmite. Así se garantiza la concatenación en el tiempo de la cuadrilla.


Tras la explosión colectiva del romper la hora, inicia su deambular por calles y arrabales. Se cruzará en esta particular singladura con otras cuadrillas. Ante tales encuentros, encarados los grupos, la hilaridad acompañará al duelo de percusión. Un duelo feliz, resuelto en tablas o con el arrastre de la cuadrilla rival al toque del contrario.


Volverá de noche a la Plaza donde conviva en una distendida atmósfera de promiscuidad sonora. Será aquí donde sus integrantes, despojados de sus túnicas, revelen un proceder infrecuente en otras manifestaciones de sesgo tradicional o religioso: ofrecer afablemente al allegado su propio bombo o tambor, invitándolo a que se incorpore al ceremonial rítmico. Recalará en casas donde vecinos o amigos ofrezcan a sus componentes vino y bandejas de pastas. Junto a estos intervalos y los breves almuerzos o meriendas en hermandad al despuntar el Sábado de Gloria, sólo el paréntesis de las procesiones habrá de devolverla a las convenciones simbólicas de la Pasión.


Y vertebrando siempre el discurrir vital de la cuadrilla, su guía, el adalid.


En Calanda, a lo largo de más de medio siglo, la figura de un hombre ha ido adquiriendo en esa jornada una especial dimensión. Frisando en los ochenta años, es aún el ejemplo vivo de la atmósfera que he intentado plasmar. Un labrador perteneciente al linaje de “los Damianes” que, alimentado en la fuente de otro mítico percusionista de la misma estirpe de tamborileros, “Antonico” Herrero, encarna los atributos atávicos, esenciales, del adalid de cuadrilla: Isidro Escuín, “el Rabalera”.


Isidro Escuín es autor del reconocido toque de compás ternario que recibe su apodo. Sus trece compases desarrollan una grácil andadura de Jota sobre una fuerte síncopa de bombo. Conviven la robustez de la encina con la flexibilidad del junco. Delicadeza y fuerza singularmente unidas, definen la polaridad sensible, profundamente humana, de su autor.


Este personaje, con toda su familia, ha hecho del ritual de la percusión en su Semana Santa casi una razón de su existencia. Declara sentir -cito textualmente- una “alegría amarga”, al entregarse a la irrupción sonora de un tiempo sublime que, si bien parece por momentos eternizarse, está irremediablemente condenado a verterse en el vacío del silencio


De ahí que, si el luto familiar o la enfermedad no se lo han impedido, haya estado siempre al frente de su cuadrilla contagiando su arrollador entusiasmo en el redoble. Y hasta hace poco, muy poco, cuando aún su salud se lo permitía, persistía en una tradición hoy ya apenas vigente. Para apurar este tiempo único, anhelado día tras día en la tensa espera del año, permanecía en vela las veintiséis horas que separan el mediodía del Viernes Santo de las dos de la tarde del siguiente día. Y ello, sin menoscabo de su denodada, vital, proyección en el tambor.


Volvamos al Sábado de Gloria... Instantes previos a las dos de la tarde...


No bastan las palabras para conocer el epílogo trascendental de la jornada, el momento de frenesí en el que el ceremonial rítmico adquiere mayor intensidad. Sólo se conoce, si se vive con el adalid de la cuadrilla “Rabalera” la experiencia de agotar un tiempo que precede al inminente, anunciado fin.


En el centro del círculo, un vigor telúrico sacude la enjuta, exigua figura del redoblador que se agiganta por momentos. La mirada encendida, la dicha en la sonrisa, la luz transfigurando un rostro marcado por la edad y el trabajo, ...rescatan del desfallecimiento y alientan a quienes lo rodean. Una energía inusitada emerge del cuerpo y revierte en su tambor para agotar los últimos compases de la “marcha palillera”. La plenitud de unos compases que llevan al necesario, aunque temido vacío del silencio.


Y en el centro mismo de la explosión colectiva del goce, Isidro Escuín, mi maestro, nuestro adalid, infundiéndonos vida.



Alfonso de Lucas Buñuel

La cuadrilla: su adalid”, Calanda. El sueño de los tambores, p.168

Calanda, 2005.